Marcelo, el príncipe de los sobornos que vio derrocado su imperio



Lewis Martínez
Santo Domingo
Entre 2016 y 2017 hubo gran revuelo cuando se descubrió que una empresa había pagado 92 millones de dólares en sobornos a funcionarios y políticos dominicanos a cambio de contratos multimillonarios para construir obras de infraestructura en suelo dominicano.
El nombre de la empresa era Odebrecht, una constructora brasileña que se convirtió en un gigante internacional durante años utilizando sobornos y corrupción para asegurar alrededor de 100 proyectos de obras pública en 12 países, generando ganancias ilícitas de alrededor de 3,3 mil millones de dólares.
En medio de la tormenta, y a la cabeza de toda la operación, se encontraba Marcelo Odebrecht, un hombre cuyo apellido se convirtió en un sinónimo de corrupción.
Nacido en 1968, nieto de Norberto Odebrecht, fundador de la empresa que lleva su apellido, e hijo de Emilio Odebrecht, quien presidió la compañía hasta 2001, Marcelo fue el tercero de la línea familiar en encabezar la gestión del gigante conglomerado de construcción brasileña, hecho que le ganó el apodo de “El Príncipe”.
Como todo príncipe, Marcelo fue esculpido desde joven para llevar algún día las riendas del imperio familiar. Cursó estudios de ingeniería civil en su natal Brasil y luego pasó por los mejores y más exclusivos centros educativos de Estados Unidos y Suiza, donde se especializó en negocios.
Para 1992, y con tan solo 24 años de edad, el joven Marcelo ya era una figura prominente dentro de la empresa familiar y el negocio de la construcción. Ese mismo año supervisó la edificación de varios obras a lo largo y ancho de todo Brasil, que iban desde edificios y viviendas a monumentos de estado y plantas hidroeléctricas, y cuyos presupuestos superaban los cientos de millones de dólares.
En 1994 se desempeñó en la empresa en el extranjero, donde entre otras obras estuvo al mando de la construcción de varias plataformas petroleras. Más adelante, en 2002, tal experiencia le valió el cargo de director del sector de ingeniería y construcción del conglomerado Odebrecht.
Su meteórico ascenso alcanzó su cenit en 2008, cuando fue nombrado presidente y director a la cabeza de la compañía.
Bajo su liderazgo, la empresa vivió lo que muchos expertos definieron como una época dorada, logrando, entre 2008 y 2015, hacerse con algunos de los más lucrativos contratos de obras públicas de toda América Latina, desde estadios para el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos 2016, hasta aeropuertos, ferrocarriles y autopistas.
Pero toda la fachada se derrumbó cuando una investigación de la Policía Federal de Brasil destapó una gigantesca trama de sobornos y corrupción que llegaba a lo más alto del Estado brasileño y cuyas raíces empezaban en Odebrecht.
A partir de estas investigaciones, el 19 junio de 2015 Marcelo fue arrestado bajo sospechas de estar implicado en pagos millonarios en sobornos a funcionarios estatales, a fin de ganar preferencia en la obtención de contratos públicos de edificación.
Según las autoridades brasileñas y las confesiones de otros implicados, como director de la constructora, Marcelo había instalado un profesionalismo sin precedentes en sus operaciones ilícitas. A fin de asegurar que los pagos se hicieran sin contratiempos, Odebrecht había establecido dentro de las sedes de la compañía un departamento bautizado como “División de Operaciones Estructuradas”, que se encargaba exclusivamente de organizar y manejar los sobornos de la empresa.
En diciembre de 2015, y bajo la lluvia de acusaciones a su persona, Marcelo dejó su puesto ejecutivo en la compañía. Y en marzo de 2016 fue condenado a 19 años y cuatro meses de prisión por los delitos de corrupción activa, blanqueo de dinero y asociación criminal.
Sin embargo, y pese a los múltiples cargos en su contra, Marcelo Odebrecht salió de la cárcel solo dos años y medio después, tras llegar a un acuerdo con la justicia para obtener beneficios a cambio de su confesión.
De acuerdo a esta, en sus sobornos estuvieron implicados importantes figuras del Estado brasileño, tales como los ex mandatarios Dilma Rousseff y Luiz Inácio Lula da Silva, además de otros funcionarios políticos extendidos por casi toda América Latina.
Como beneficio por su aporte a la investigación, la sentencia del empresario fue reducida a solo 10 años, la cual actualmente cumple en arresto domiciliario en su lujosa mansión de S„o Paulo, de 3,000 metros cuadrados.
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