Menores explican cómo cayeron en los vicios de las drogas



Doris Pantaleón
Las historias de niños y adolescentes víctimas del consumo de sustancias psicoactivas, entre ellas el alcohol, son muchas y variadas. Unos inician antes de alcanzar los 10 años y otros entre los 12 y los 16.
Las causas, explicadas por ellos mismos, son distintas, pero influye la curiosidad; la necesidad de ser aceptados en grupos; el escapar del control de los padres, o porque son inducidos por otros de mayor edad como paso previo a  incursionar en acciones delictivas.
Casos de adolescentes en consumo de drogas son recibidos con frecuencia en el Centro de Atención Integral a Niños, Niñas y Adolescentes en Consumo de Sustancia Psicoactivas, único centro estatal de esta naturaleza que tiene el país.
“Cada caso  nos habla de que tenemos que trabajar mucho con los padres. Recibimos con frecuencia padres que dicen yo quiero internarlo, no lo aguanto, debido al comportamiento que exhiben”, señala la directora del centro, Rosa Flores.
Desde que abrió sus puertas en diciembre del 2012 a la fecha, este centro ha ofrecido atención ambulatoria a 308 usuarios, la mayoría con un promedio de edad de 16 años y 5% entre los 10 y 13 años. Por lo general, 70% de los casos está en consumo inicial y puede recuperarse e reintegrarse.
La falta de recursos le ha impedido ampliar sus servicios y dar el paso al modelo residencial, como se tenía previsto inicialmente.
Fue inaugurado en diciembre del 2011 bajo la tutela del Consejo Nacional de Drogas.
CAMBIOS EN ADOLESCENCI
No sólo la presión de grupos lleva a los adolescentes y jóvenes a convertirse en usuarios de sustancias psicoactivas, sino que hay otras causas, explica la psicóloga clínica infantojuvenil, Katiuska Santana.
Dice que también se da por curiosidad; porque se sienten agobiados en la familia y por llamar la atención.
Explica que no se deben confundir los cambios propios de la adolescencia con los que presenta el joven en consumo de drogas.
“En la adolescencia el joven está buscando su autonomía y su identidad, entonces va ir más en contra de las normas y se vuelve más contestatario, por lo que va cambiando de conducta”, dice la especialista.
Explica que los pares o amigos de su generación son muy importantes para ellos, por lo que las amistades no se les deben prohibir, pero sí se les debe enseñar a evaluar, a ser críticos, y a que no se debe hacer todo lo que el otro hace.
Advierte que en cualquier familia se puede dar un caso de droga, por eso exhorta a los padres a no quedarse en la alarma cuando ocurra, sino salir de inmediato a buscar ayuda. De repente puedes pertenecer a una familia de valores considerados por la sociedad como excelentes, pero un adolescente puede marcar la diferencia, porque esa es una etapa donde ni se es niño ni se es adulto.
DESDE LOS 12 AÑOS SU REFUGIO ES LA CALLE
Juan, nombre ficticio, tiene 16 años. Inició el consumo de sustancias psicoactivas a los 10, desde los 12 vive en la calle y en ese mundo ha sido víctima de abusos y maltratos. Ha recibido heridas de balas y puñaladas y recorrido diversos centros de atención y corrección, pero siempre vuelve a la calle.
Perdió su madre cuando tenía dos años, quedando al cuidado del padre, quien formó nueva familia. Dice que recibía maltratos por lo que a los 10 años pasó a vivir con su abuela, pero desde antes ya había tenido contacto con las drogas y había iniciado una vida delictiva inducida por jóvenes del barrio que le dieron por primera vez un cigarro.
“Primero te dicen vamos a llegar allí, vamos a atracar una gente, cuando uno lo hace te dicen toma fúmate ese cigarro, uno se lo fuma, al momento te dicen vamos a fumar yerba (marihuana) y así uno empieza”, narra.
Esa es una de las distintas historias de adolescentes usuarios de sustancias prohibidas, incluyendo alcohol, que han recibido atención ambulatoria en el  Centro de Atención Integral a Niños, Niñas y Adolescentes en Consumo de Sustancia Psicoactivas.
Dice que después de probarla la primera vez, uno quiere más. Por estar en ese mundo dejó la escuela en tercero de primaria, por lo que Juan  aunque le gusta dibujar, no sabe leer ni escribir.
Explica que desde los 12  años vive en la calle, porque en la casa le peleaban, ya que cuando no tenía dinero para droga entonces cogía las cosas de la casa para empeñarlas o venderlas. “Si tú no tienes dinero y en tu casa te lo niegan, la droga te da como en vaina, te dice llévate eso, te llega el teléfono de tu papá, dame 200 y lo vende”, explica con su forma coloquial de hablar.
Dice que duerme donde le alcance la noche, pero que por lo general busca espacios donde pueda guarecerse de la lluvia, y que cuando siente frío entra los brazos y la cabeza por debajo de la camiseta y se cubre.
“Yo me  tiro en un cartón, pero donde la gente no me vea, porque de una vez empiezan a decir mira éste, mira cómo está la sociedad, este Presidente no quiere hacer na con esta gente”, narra. Dice que a veces ve a su padre y cuando él le pasa por el lado en la calle éste le pasa 50 pesos y sigue su camino.
Reconoce que la vida en la calle no es fácil, pero asegura que los mayores maltratos los ha recibido de la policía, que lo detienen, lo golpean, hacen que se voltee los bolsillos y le quitan el dinero. “Te dicen qué lo qué, me da lo cuarto o te llevo preso, y uno tiene que dárselo”.  
Como forma de recrear otros de los peligros, cuenta que “el otro día estaba durmiendo por el Conde (calle) y vi un chamaquito que le echó gasolina a otro y lo quemó mientras dormía.
Ahora, Juan está viendo con su tía, según dijo.
“ME SENTÍA SOLO EN MI CASA”
Junto a sus padres, quienes le acompañan a las citas de consejería que recibe en el centro integral, Manuel (nombre ficticio), de 16 años, confiesa que desde hace más de un año entró al consumo de drogas  por curiosidad, quería saber lo que se sentía y además como escape a la realidad que dice vivía en su hogar.
Mientras su madre llora en silencio y su padre se mantiene impávido, el joven no oculta su enfado por la forma en que asegura fue criado. “Me sentía solo y deprimido, porque en mi casa, siempre se acudía a la violencia para corregirme, tampoco se me permitía tener amigos, jugar, salir, eso es toda la vida, desde niño, nunca se me permitió tener amigos”, dice.
Asegura que desde que sus amigos llegaban a la casa de una vez su madre le decía de mala forma que se fueran , “y me han golpeado también frente de ellos y eso me da vergüenza”.
Dice que fumaba porque se sentía solo y que se unió a grupos de muchachos que consumían porque tenía curiosidad, saber que era eso, entonces me sentía más contento y relajado.
Dice que tampoco contaba con su hermano que es mayor que él, “porque en el colegio no hacía más que reprocharme, porque como él era el jefe de curso, el bacano, quería hacer ver que era mejor que yo y me reprochaba”.
Está cursando el tercero de media y asegura nunca ha  reprobado materia en la escuela.
Cooperador
Con palabras entrecortadas, su madre narra que Manuel fue siempre muy activo y cooperador, pero que a partir de llegar al séptimo u octavo grado empezó a  tener mala conducta en el colegio, por lo que buscaron ayuda psicológica.
“Como a los 12 años mostraba agresividad, pero no estaba en consumo, pero ya a los 15 años empieza a socializar y querer ir a fiestas, y la forma agresiva en que se comportaba nos llamó la atención, porque como creen que uno lo está controlando se ponen todavía peor”, dice la madre.
Agrega que el hijo reconoció el consumo y con las visitas al centro ven que se expresa y le están dando ayuda y orientación. Dice que como padre lo más difícil es que los muchachos creen que es por malo que se le aconseja.
EN BUSCA DE COMIDA
Con apenas 12 años, su madre dura semanas sin saber de su paradero. Desconoce donde duerme, donde come o si se asea. Esa es la realidad de José (nombre ficticio), quien quedó fuera del control de sus padres desde los siete años.
Según cuenta su madre, todo empezó muy temprano. Él es el segundo de sus tres hijos y que como vivían en condiciones de mucha pobreza, desde muy pequeño dejó que su niño, después de la escuela, se fuera a casa de cualquier amiguito que le invitara a comer.
Le dieron esa libertad, según dice su madre, pensando en su bien, porque en la casa no tenían como alimentarlo, era frecuente que no tenían nada para comer.
Dejó la escuela y empezó a juntarse con malas compañías en el barrio donde vivían, y los vecinos empezaron a darle quejas de que se le perdían cosas y con frecuencia le decían que estaba consumiendo drogas.
La madre del niño dice que las cosas se fueron complicando y que le fue imposible sostenerlo, y que ahora pasan con frecuencia semanas sin verlo o tener noticias de él.

Share on Google Plus

Sobre Bryan Delmomento

Esta es una breve descripción en el bloque de autor sobre el autor. Modificarlo mediante la introducción de texto en el campo " Información biográfica " en el panel de administración de usuario

0 comentarios :

Publicar un comentario